Desde 1843 la historia del desagüe atravesó por tres etapas, desde su primera instalación en la mina Constancia del Jaroso hasta la última, ya en la década de 1890, en las modernas y costosas instalaciones del pozo Encarnación en el Arteal, después de la segunda y más efímera que trajo consigo la ampliación por parte de la Compañía de Águilas de las instalaciones del Jaroso con la construcción de un nuevo edificio en el barranco Francés y la colocación de otra máquina de vapor en el pozo San Juan. Se vivió, en resumen, una sucesión de paralizaciones y reanudaciones que propiciaron profundas crisis y pasajeras recuperaciones hasta el cierre definitivo de las explotaciones en 1958, después de un recorrido de 120 años de minería en el que se sucedieron altibajos en la producción y períodos de esplendor y de crisis, con empresas enriquecidas y otras arruinadas, con familias que vivieron en la más impensable de las opulencias y otras muchas cuyos miembros soportaron unas deplorables e insalubres condiciones de trabajo que con frecuencia derivaban en fatal desenlace, y todo ello para continuar padeciendo, ellos y sus familias, las consecuencias de una vida mísera e indigna.
Treinta años después del descubrimiento del filón de galena argentífera del Jaroso, en 1869 una nueva fiebre minera se desató en los cotos cuevanos, ahora en Herrerías, a escasa distancia de Sierra Almagrera, como consecuencia del descubrimiento fortuito de plata nativa en la mina Unión de Tres, propiedad de Francisco Soler Flores, hijo del fundador de la minería local Miguel Soler Molina. Esto hizo que, al igual que había sucedido en el Jaroso, se demarcaran y explotaran numerosas minas que, entre 1871 y 1880, produjeron 260.000 toneladas de mineral argentífero, de las que 50.000 se habían extraído solo en el año 1873. Fue precisamente en este coto minero donde dos décadas antes se llevó a cabo por primera vez una explotación a cielo abierto o roza en la conocida mina de Santa Matilde, propiedad del empresario malagueño Guillermo Huelin.
De manera paralela a la extracción de mineral, que se produjo principalmente en la vertiente de tierra de la sierra, en esta misma (Contra Viento y Marea, Acertera y Encarnación) y a lo largo de la costa entre Adra y Alicante, pero con especial concentración en la vertiente de mar de Almagrera (Madrileña, San Francisco Javier, San Andrés, Carmelita, Esperanza, Tres Amigos, Dolores, Santa Ana, Purísima Concepción…), comenzaron a levantarse fábricas que llevaron a cabo los procesos metalúrgicos necesarios para la fabricación de lingotes y galápagos de plata y plomo –destinados a la exportación– a partir de la galena argentífera, contribuyendo así al fomento de una temprana actividad metalúrgica autóctona. Esta actividad fue potenciada por el hecho de que la Orden de 27 de noviembre de 1840 prohibía la exportación de minerales argentíferos en bruto, por lo que era necesario desarrollar aquí todo el proceso de calcinación y copelación preciso para la obtención de los metales. A partir de 1852, con la nueva legislación que permitía la libre exportación de todo tipo de plomos argentíferos, estas fábricas optarán por calcinar el mineral, exportándolo hasta Gran Bretaña para su copelación.